miércoles 22 de febrero de 2012

EL HOMBRE Y EL RÍO




No hay nada tan suave, y a la vez tan fuerte, como el agua que fluye por un río.
El hombre y el río comparten la misma sustancia y tienen un mismo destino: seguir siempre adelante.
Pero el río, al contrario que el hombre, nunca vuelve la vista atrás. ¿Será porque el río no tiene corazón? ¿Será porque tampoco tiene memoria?  





jueves 12 de enero de 2012

HASTA PRONTO
















DONDE NACEN LAS OLAS


Cuando en un amanecer no despierte
Y mi cuerpo ya al tuyo no caliente,
Piensa que me habré marchado a otros mares
Ciñendo de adiós mis velas al viento.

Navegaré hacia donde naufragaron
Los viejos recuerdos: mis sentimientos.
Aquellos que frustramos sin nacer;
Esos que en nuestras palabras murieron
O  heridos fueron con sordos silencios.

Cruzaré el puente de siete colores,
Rumbo a donde el cielo y el mar se besan;
Allí, donde el sol muere cada tarde.
Y en la cuna donde las olas nacen,
Buscaré los restos de mis naufragios
Y arbolaré un  sentido a mi regreso.

               Man, verano 2011                                                         




martes 20 de diciembre de 2011

DEBIÓ SER ASÍ (Cuento de Navidad)



Caía sobre la ciudad un fría llovizna de nieve, insulsa e improductiva, que como un llanto triste vidriaba los ojos de los coches, reflejándolos sobre el negro cristal del asfalto.
─¡Mierda! ¡Fíjate por dónde vas, cabrón! ─le gritó Simón al coche que le escupió en la cara con el agua de un charco.
Simón estaba de mal humor; había llegado tarde al comedor de Cáritas. Otra noche sin cenar.
La ciudad bullía con febril actividad; como en una jungla de aberrantes animales: chillidos; bramido de coches; rugir de motocicletas; y la estridente música de las tiendas que engullían y vomitaban por igual a aquellas necias gentes que, sonrientes como bobos, fingían una indiferente y forzada felicidad.
Unos colgajos de luz intermitente simulaban estrellas y falsas estalactitas tratando de ocultar la realidad de aquél turbio y ceniciento techo que envolvía y atrapaba a toda la ciudad y que, como una maldición, la privaba del cielo.
─¡Navidad! ¡Navidad! ¡Qué sabrá esta gente de lo que es Navidad...!
Simón siguió caminando con todas sus posesiones al hombro, huyendo del bullicio; sin rumbo fijo. Encontró un portón abierto, profundo y negro, como el final de un pozo, y allí se metió, acomodándose en sus cartones, mientras refunfuñaba improperios y maldiciones.
─¿Qué te pasa colega? ─dijo una voz al fondo.
─¡Humm...! ¡Vaya, no estoy solo! ¿Tú también has encontrado este sitio?
─Sí, suelo venir por aquí, y esta noche más todavía.
─¡Claro, con la que está cayendo! Esta es una noche que no hay quien esté fuera. La gente cree ser muy buena y muy feliz, pero la verdad es que los demás les importan un carajo. Viven engañados; creen que por ser Navidad, eso les va hacer mejores. No tienen ni idea, pero necesitan creérselo.
─¿Tú no piensas igual?
─Pues claro que no, colega; y tú tampoco. ¿Tú te crees acaso el cuento ese de la Navidad y de que nació Jesús...?
─Hombre, pues yo sí que me lo creo. ¿Tú no?
─Puede que naciera ese tal Jesús; y que fuera una buena persona y todo eso, pero lo mataron y punto final. Uno igual que tú y que yo.
─¿Tú no crees que fuera hijo de Dios?
─Lo que yo no creo es que Dios exista y por lo tanto no puede tener hijos. Un padre no mataría a su hijo.
─Entonces ¿quiénes somos nosotros?
─Pero... ¿tú no te has fijado en ti y en mi? Pregúntatelo: ¿Quiénes somos? ¿Para qué hemos nacido? A mí no me pidieron permiso para nacer, ni para tener esta vida. ¿Acaso te lo pidieron a ti?.
─Hombre, pues la verdad es que no.
─¿Qué culpa tenemos tú y yo de nuestra historia? Yo no elegí nacer y ser pobre. No soy responsable ni de mi historia ni de mi miserable vida, luego si alguien ha elegido arbitrariamente esta vida para mi, al igual que para tantos desgraciados inocentes, ese debe ser el responsable. Un ser así de perverso no puede ser Dios; ni mucho menos ser mi padre. Somos fruto del azar; de una evolución que en un momento de la historia nos fue favorable. Somos unos pobres bichines, supervivientes, y que un día las condiciones dejarán de sernos favorables y... «au revoir»,  desapareceremos. Como lo hicieron los dinosaurios antes que nosotros. Entonces nos heredarán los coleópteros, las asquerosas cucarachas que viven en las alcantarillas, o los que sean...
─¿Entonces, no crees en nada de la creación?
Simón se quedó un poco pensando y respondió.
─Hombre... tampoco es eso..., la verdad es que... tampoco es eso. Esto que te he contado es mi artillería pesada. Es lo que me dice ese otro individuo que habita en mi piel; el justiciero; el de la razón. Pero... aun siendo cierto, también hay otro pequeño ser que anida en mi interior y que cuando me habla me hace tener algo más que una duda razonable. Cuando veo, por ejemplo, la belleza de una simple mariposa, ese pequeño ser me dice: «De verdad, Simón, ¿tú crees que esta mariposa es fruto de amontonar casualidades? Ni siquiera el imprescindible polvillo de sus alas lo ha podido crear el hombre con todo su saber ¿Y qué me dices de sus ojos?» ...y cuando veo a la sencilla mariposa alejarse volando... ya no sé lo que pensar.
─Entonces, ¿en qué quedamos?: ¿hay o no hay un Ser Creador?
─No lo sé... quizá, cuando llegue mi final y se baje el telón de mi vida, me quedaré esperando y si el telón no vuelve a subir... haré mutis por el foro y aquí se acabó todo.
─¿Y si el telón se vuelve a izar y hay un Ser esperándote al otro lado?
─Entonces, el pequeño ser que habita en mí tendría razón, y a ese Ser que me esté esperando, yo le diría: Tú sabes quién soy yo, lo que soy, y cómo me llamo. Tú conoces mi historia porque me la has dado tú. Tú sabes que no hubo intencionada maldad en mi y si en algo ofendí, pido perdón. Tú conoces mi debilidad y mi pobreza; que no puedo responder de nada. Tú sabes que mis manos están vacías, sin obras para ofrecerte, ni oraciones, ni sacrificios; no soy nada ni tengo nada. Tu, lo sabes todo. Yo soy una criatura tuya y a tu misericordia me acojo.
─No haría falta nada más.
─¿Y tú como lo sabes? ─preguntó Simón.
─Porque yo soy ese pequeño ser que habita en ti. El que te habla de la mariposa. Y te diré más: Yo te aseguro que mañana estarás conmigo en el Paraíso, celebrando la Nochebuena junto a nuestro Padre.

La mañana se despertó con un sol radiante sobre el cielo azul que cubría la ciudad, cuando Basilio, el sacristán de la Parroquia de la Natividad, abrió la puerta de la iglesia y descubrió a un mendigo tendido a los pies del pequeño Belén.
Acudieron el párroco y el juez, que ordenó el levantamiento del cadáver una vez que el forense certificó su defunción por causa del frío.
─No me explico cómo pudo entrar. Yo fui el último que se marchó y puedo asegurar que no había nadie. Dejé la puerta bien cerrada con llave, y así estaba esta mañana cuando llegué ─dijo el sacristán.
─Tendría algún compinche que le abriría desde dentro. Estos vagabundos son tremendos ─dijo convencido el policía.
─¿Y para qué se traería hasta aquí la vela del Sagrario? ¿Sería para calentarse con ella? De poco le sirvió.
─Sí, debió ser así ─dijo el párroco.
Y se marcharon.
De lo que nadie se dio cuenta fue de que, ese año, el Belén de la Parroquia de la Natividad, celebró la Nochebuena sin que hubiese ningún Niño en el pesebre. ¿Quién se lo habría llevado?

Man 19/12/2011

FELIZ NAVIDAD



viernes 25 de noviembre de 2011

LA MECEDORA


Manuel se mecía suavemente en la vieja mecedora. Siempre se sentaba en la misma, en la de la izquierda; le gustaba tener a Carmen a su derecha para tomarle la mano. Cuando se han vivido tantos años juntos, los pequeños detalles se convierten en leyes.

Entornó los ojos y se quedó observando las hojas de los árboles del huerto, por donde los últimos rayos de sol se tamizaban rielando en vibrantes colores. Las sombras se alargaban y, abandonando el suelo, trepaban por la pared del porche componiendo un trémulo e irrepetible mosaico de juguetonas figuras grises,

─Carmen, ¡que tarde tan preciosa!

Solo se escuchaban los "silencios" de la huerta. En el limonero, un jilguero llamaba a su amor con desesperado canto.

Una vieja tórtola se posó sobre un naranjo cercano.

─¿Has escuchado como arrulla esa tórtola? A ti siempre te ha gustado su arrullo. Cuando estabas criando a los zagales, había una tórtola que se ponía a arrullarte en la rama del laurel, junto a la ventana de la alcoba. Tú me llamabas para que yo la escuchara mientras le dabas el pecho a la criatura.

La última chicharra hacía rato que dejó de chirriar y, en ese mágico momento, solo se escuchaba un leve rumor: el suave susurro de la acequia.

─¿Te acuerdas Carmen? Yo te decía que eras tan guapa que cuando te asomabas a la acequia el agua se paraba para contemplarte... y los huertanos se quedaban sin poder regar. ¡Te tenían prohibido que te asomaras! Já,ja, qué risa te daba cuando te decía estas cosas. Fue también en el puente de esta acequia donde, una noche de verano, te declaré mi amor. Junto a esta acequia me bebí tus lágrimas aquella tarde que me marchaba a la guerra de Cuba y te di mi primer beso... ¿Te acuerdas Carmen?

─Cruzando esta acequia vinieron alegrías..., y se fueron penas... ¡Cuántas cosas habrán visto las aguas de nuestra acequia!. ¡Ay, Carmen, si ellas contaran...!

La noche fue tendiendo su negro manto y la huerta expelía sus fragancias de azahar, de menta, y de albahaca. Solo se escuchaba un leve grillar y el suave canto de la acequia.

─Carmen, ya está empezando a refrescar. Me voy a acostar; la humedad le sienta cada vez peor a mis viejos huesos. Hasta mañana amor mío.

Manuel acarició el respaldo de la mecedora de Carmen y le imprimió un suave impulso. Tomó el candil y se adentró en la casa mientras, en el porche, la mecedora de Carmen se mecía vacía.

MAN 26/02/2011

Copyright © Manuel Enrique Mira Sánchez 2011, R.P.I. nº08/2011/411





lunes 21 de noviembre de 2011

CUANDO BUSCO PALABRAS HERMOSAS

Foto de Man

Cuando busco palabras hermosas en los entresijos de mi ser; allí donde habitan los sentimientos puros. Allí, en las junturas del alma, siempre me encuentro con algunos de aquellos poemas -los únicos que tal nombre merecen- que adormecen por mi espíritu.

Ayer, junto al mar, me reencontré con este poema que hoy recuerdo y comparto con vosotros:

.

Me robaste el corazón,

hermana mía, novia,

me robaste el corazón

con una mirada tuya,

con una vuelta de tu collar.

¡Qué hermosos tus amores,

hermana mía, novia!

¡Qué sabrosos tus amores! ¡más que el vino!

¡Y la fragancia de tus perfumes,

más que todos los bálsamos!

Miel virgen destilan

tus labios, novia mía.

Hay miel y leche

debajo de tu lengua;

y la fragancia de tus vestidos,

como la fragancia del Líbano.


Huerto eres cerrado,

hermana mía, novia,

huerto cerrado,

fuente sellada

Tus brotes, un paraíso de granados,

con frutos exquisitos:

nardo y azafrán,

caña aromática y canela,

con todos los árboles de incienso,

mirra y áloe,

con los mejores bálsamos.

¡Fuente de los huertos,

pozo de aguas vivas,

corrientes que del Líbano fluyen!


¡Levántate, cierzo,

ábrego, ven!

¡Soplad en mi huerto,

que exhale sus aromas!

¡Entre mi amado en su huerto

y coma sus frutos exquisitos

(Ct 4, 9-16)