
Catedral de Murcia
No hace mucho tiempo, leí una noticia en el periódico que me conmovió: un juez había condenado al silencio a las campanas de la torre de una iglesia. La sentencia se dictó en base a la denuncia presentada por un vecino, alegando este que las campanas incumplían la Ley de Medio Ambiente al sobrepasar el límite de decibelios (60 dBa) permitidos en dicha ley. Me entristeció. Esa persona no merecía vivir al lado de una catedral ni siquiera de un simple campanario. Me recordó la "guerra" de los crucifijos; de los belenes y procesiones; sobre el derribo del Cristo de Monteagudo (en mi Murcia); y ahora intuía una nueva guerra contra las campanas, más por lo que representan para algunos que por lo que puedan molestar, aunque la existencia y uso de aquellas campanas se remontaban a más de 400 años de antigüedad.
Las campanas tienen, y siempre han tenido, una bella voz que han marcado los tiempos de las ciudades y de los campos. Transmiten mensajes y uno se siente seguro y miembro próximo de una comunidad cuando las oye.
Yo he tenido el privilegio de haber nacido escuchando las campanas de la torre de mi catedral, y de haber tocado las campanas del pueblo de mi madre: Sucina. Desde muy niño, llegué a entender sus lenguajes y sus mensajes.
Se me ocurrió escribir un relato-cuento, sobre ellas y pensando en ellas, que titulé como SERAFÍN, el «Campanero»®. que después presenté a un concurso de relatos cortos patrocinado por RNE y Obra Social «la Caixa». Cuál fue mi sorpresa cuando me notificaron que mi relato había sido seleccionado como finalista, junto con otros catorce, de entre 685 relatos presentados.
El pasado martes, día 14, fui invitado asistir, en la Caixa Forum de Madrid, al acto de proclamación del ganador de dicho certamen que recayó en otro relato, que no era el mío, al igual que el accésit. Si los queréis leer lo podéis hacer aquí.

Entre los galardonados
Mi relato es sencillo y solo habla de campanas, rescatando costumbres y memorias olvidadas, y de gentes buenas y sencillas. Como su extensión es de cinco páginas, sería muy largo para ponerlo íntegramente en este blog, y no me gusta fraccionarlo por entregas, por eso he decidido que aquellos que deseen leerlo, lo soliciten en los comentario de esta entrada, y con mucho gusto se lo enviaré a su dirección de correo electrónico. Después, si le apetece, puede volver a la entrada para comentarlo. Yo contestaré a todos desde aquí.
La organización, y las personas, de Obra Social «la Caixa» y RNE, han sido impecables y solo tengo palabras de gratitud hacia ellos. También agradezco muy especialmente la cariñosa compañía que tuve, en este acto, de nuestro amigo Luis Madrigal Tascón, junto con Lolín y mi hermana Elvira. No me sentí solo.

Respaldado por Lolín y por Luis
Esta distinción la comparto con todos vosotros y con mis compañeros de «Obra Social la Caixa de Murcia», pues sin vosotros no hubiese descubierto el placer que me produce el escribir.
El relato comienza así:
La iglesia de Santa Catalina tenía una hermosa torre que era la más alta y bella de la ciudad. Desde su altura se dominaba no solo su perímetro, sino hasta los horizontes de su fértil huerta. Al campanario se subía por diez empinadas cuestas y una escalera de caracol que se desarrollaba dentro de una columna central de piedra, con cincuenta interminables peldaños, que eran el martirio y la penitencia de Serafín, el «Campanero», cuando tenía que subir, hasta en siete ocasiones algunos días, para dar los toques por los que se regían los tiempos litúrgicos, las labores y la vida de la ciudad...

Por cierto: ¿recordáis a esta bella actriz?