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Baler (Filipinas) a 30 de abril de 1899
Mí querida novia Fuensanta:
Hoy estoy triste porque es 30 de abril y esta noche, todos los mozos de nuestro pueblo, con la rondalla y los Auroros, saldrán a cantarle los Mayos a sus novias y yo no estaré allí para cantártelos a ti. Para llenar de flores tu ventana y decirte, una vez más, lo mucho que te quiero.
Aún recuerdo aquel Mayo que compuse y canté para ti, en tu ventana, hace hoy dos años.
Despierta mujer, despierta | Grandes son tus bellos ojos, | Para esta hermosa mujer, |
Es tu largo pelo negro Con luciérnagas brillantes | Que bellas son tus mejillas | Y va llenando de flores Las jambas de la ventana Que se han de morir de envidia Cuando te miren mañana |
Son horizontes del cielo | Y de tus dos hombros brotan | Toda la noche estaría Aquí, junto a tu ventana, Para contarte abonico Mis amores… y mis ansias |
Hace una noche espléndida, toda estrellada y estoy de guardia, en lo alto del campanario de esta pequeña iglesia de Baler, donde pronto vendrán a rescatarnos, y a la luz de una pobre candela te voy escribiendo. ¿Candela? ¡Que bello nombre! ¡Candela!. Me gustaría que alguna de nuestras hijas, de entre todos los hijos que nos están esperando, se llamara así: Candelaria. Ese fue el día que te conocí y el día en el que, un año más tarde, nos entregamos a este amor.
Sueño que estas mismas estrellas las estarás mirando tú, y busco a dos de entre ellas que estén muy junticas, no separadas, y las miro pensando que tú también las miras, y así, de hito en hito, por medio de ellas, me uno más a ti y llego en la noche hasta tu ventana para darte un beso. Como aquella noche estrellada en que te robé nuestro primer beso. Fue en la esquina de tu casa; estábamos sentados en el pretil de la acequia. Mirando el cielo, se fueron juntando nuestras cabezas y yo giré la mía y tres segundos después giraste tú la tuya y nuestros labios se rozaron. Fue un leve roce, solo un relámpago, pero que se metió hasta las profundidades de mi alma y de allí no quiere ya salir. Te pusiste colorada. Después vinieron dos más. Fueron como jugando, cuando aquella tarde, en lo alto de la cámara, me enseñabas tus gusanos de la seda y tu buena madre nos dio un respiro. No parabas de hablar, estabas nerviosa, como si adivinaras lo que iba a suceder. Yo te tomé por los hombros, te atraje hacia mí y callé tu boca con un beso. Después, un silencio, y tú me abrazaste y me diste a mi otro largo y cálido beso que aún guardo en mi boca. Yo te quise dar más, pero tú me apartaste y riendo en voz baja me dijiste “¡Quita loco, que estás loco perdido!” Y razón llevabas. Sí ¡loco, estoy loco! pero loco de amor por ti, de la alegría de tenerte a ti y de saber que tú me amas.
Luego fueron siete más. Siete tristes besos. Fue en aquél cornijal de tu huerto, el día que nos despedíamos, cuando yo me venía de soldado para servir a España en esta guerra de Filipinas. Nos dimos un solo abrazo, largo, largo, largo… y yo me bebí tus lágrimas unidas a las mías. Y me bebí el agua de tus labios. Y sentí el calor de tu mejilla sobre la mía. Y aún inhalo el perfume del jazmín y del azahar que llevabas prendido en el pelo y en el pecho. Fueron siete lo besos… y ya suman diez.
¿Cómo olvidarlos? Son los diez hitos que mojonan el mejor lote de la heredad que Dios me ha regalado. Lo único, junto con la vida, que me ha sido dado gratis. Tu amor. Lo que más quiero.
No deseo nada más que unir mi vida a la tuya. No deseo más que envejecer a tu lado. No quiero más agua que el agua de tus besos. Ni quiero más descanso que reposar mi cabeza en la cuna de tu pecho. No quiero sentir más abrigo que la calidez de tu abrazo. Ni escuchar más música que el susurro de tu voz.
Pronto estaré contigo, amada mía, y nos casaremos, y te daré todas las caricias y todos los besos y todos los abrazos que llevo guardados para ti desde antes de conocerte. Pronto volveré y mientras tanto, no me olvides y mira a nuestras dos estrellas que yo, desde ellas, te estaré besando.
Recibe todo el cariño y la ternura de este tu novio, que ha nacido solo para amarte.
Manuel.
EPILOGO.-
Fuensanta apagó el quinqué, y con sus nudosas y torpes manos dobló lentamente la carta y la guardó en el sobre, amarillo y sucio por mil sobos, y por unas gotas de sangre reseca. En el sobre, con cuidada caligrafía, aún se leía:
Para: Fuensanta “
No tenía ni sello ni matasellos ni remite. Se la trajeron, hacía ya cincuenta y tantos años, los compañeros de Manuel que lucharon con él en la iglesia de Baler, cuando regresaron a España. Fueron sus dos paisanos murcianos que con él estaban; Luis de Mula y Francisco de Cieza.
Manuel, cuando terminó de escribir la carta, fue a sentarse sobre el pretil del campanario, donde estaba haciendo la guardia, y allí sentado, se puso a mirar a sus dos estrellas.
Se le olvidó apagar la candela.
Fue un blanco muy fácil para una bala tagala que llevaba su nombre; y así se lo encontraron sus compañeros; sentaico y mirando al cielo. Fue el último de los héroes de Baler; uno de “Los Últimos de Filipinas”. Y allí quedó enterrado, cuando los demás volvieron a España.
Fuensanta se mecía suavemente en su mecedora, en el porche, cuando desde el interior de la casa oyó la voz de su nieta que le decía.
- Abuela ¿Cómo estás ahí fuera con el relente que cae? Te pondré una toquilla ¿No ves que te vas a poner peor del reuma? ¿Qué haces abuela?
- Contar las estrellas – le respondió Fuensanta
-¿Contar las estrellas? ¿Es que falta alguna, abuela? – le dijo su nieta con cariñosa ironía.
- Sí, me faltan dos – le contestó muy seria la abuela
Su nieta se quedó pensativa sin entender lo que la abuela le decía. Se agachó hasta su altura y con el dorso de la mano le acarició las mejillas. Notó que había llorado “Se me ha hecho vieja” pensó.
- Anda, vayámonos para adentro abuela que ya es hora de acostarse.
- Sí, vámonos ya, Candela.
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