sábado, 19 de septiembre de 2009

DESDE LA LOMA DE LA LOSA



Esto es lo que se contempla desde la Loma de la Losa. Tan solo una llanura que con provocantes y sinuosas ondulaciones, te va llevando la mirada hacia el infinito. Y una casa.
Aparentemente poco.
Ya no se oyen las risas de los niños, ni el canto de los mozos, ni el sonido del bordón de una guitarra, ni el trajinar de las mozas subiendo el agua del pozo, ni tan siquiera el traquetear de un tractor en la lejania.
Solo se escucha la voz del silencio. El sonido de la soledad roto, a lo sumo, por la suave brisa que se enreda entre los dedos de una retama, o por el canto de una perdiz que se aleja, o por el correr de una temerosa liebre que va hacia su cama cercana.
Pero os aseguro, os juro, que allí hubo una vida, tan intensa, tan rica, tan fructifera, tan sincera, tan natural, tan vivida ... que núnca se podra olvidar su llamada y tan solo unos privilegiados la han conocido.

Quienes fueron Reyes en su infancia, siempre vuelven al lugar que fue su reino, antes de ser destronados.

2 comentarios:

MIGUEL NONAY dijo...

Bueno bueno... Manuel.
Como hemos mejorado en estas semanitas ehhh?.
Además de tu prosa, a la que ya estoy acostumbrado y, como bien sabes, me encanta, unimos la música para completar una magnífica entrada.
Espero que te sirvieran mis indicaciones para subir música y vídeo.
Quiero darte las gracias por tu incondicional apoyo y por la fuerza que me has transmitido al leerte desde tan lejos.
Un sincero abrazo Manuel.
Miguel

Opaito dijo...

Al leer esta entrada he viajado a un lugar que he visitado hace dos años, te explico.

Cuando era niño, tendría entonces 6 u 8 años, mis padres nos llevaban de vacaciones a un pueblo de aqui de Cádiz, Alcalá de los Azules.

Pasabamos las vacaciones en la ermita, en una casa que tenía para los veraneantes, alli dí mis primeras peladadas en bicicleta, nos paseabamos en burro y teniamos incluso una pequeña escuela para los niños y una profesora que venia del pueblo.

A veces nos perdiamos por las huertas y nos metiamos en los cortijos cercanos para ver los animales y robar las frutas, jajaja, durante tres o cuatro años pasé las vacaciones allí.Era un sitio lleno de vida.

Pasaron los años, más de cuarenta, porque servidor ya pasa la cincuentena y un día se me ocurrió darme una vueltecita por aquel pueblo, nos acercamos a la ermita.

Ya no había nada, ni casas de veraneantes, ni huertas, los cortijos ya no eran cortijos, solo la ermita permanece, es ese mismo paisaje que tu cuentas, me ha llegado muy dentro, se dibuja perfectamente lo que sentí y que tú tan claramente escribes, "allí hubo una vida, tan intensa, tan rica, tan fructifera, tan sincera, tan natural, tan vivida ... que núnca se podra olvidar su llamada y tan solo unos privilegiados la han conocido"

Fui muy feliz en esos años.

Un saludo y gracias por retrocederme a ese tiempo que guardo en mi corazón con mucho cariño.