El pasado día 12 se presentó la novela "El murmullo del tiempo" en mi Colegio Oficial de Ingenieros Técnico Industriales: nobleza y agradecimiento, obligan.
En esta ocasión tuve la satisfacción de ser presentado por mis compañeros: el Imo Sr. D. Alfonso R. García, Director General de Industria de la Región de Murcia y D. Cesar Nicolás, miembro de la Junta de Gobierno del C.O.I.T.I., así como por el Historiador y Cronista oficial de la Región de Murcia: D. José Antonio Melgares, y por el poeta Soren Peñalver.
Fue aquella una presentación muy íntima, cercana y entrañable. Muchas gracias a todos vosotros, queridos compañeros. Sentí vuestro calor y vuestro cariño.
Cuando llega el mes de mayo, la naturaleza eclosiona en esta huerta de Murcia y sus frutos se precipitan.
Y digo esto con razón, porque después de casi cinco años de gestación, el pasado día 5, hice la presentación de mi novela "El murmullo del tiempo" en el emblemático Edificio Moneo de mi ciudad.
Tuve el honor de ser presentado por: la Ilma. Sra. Dña.. Carmen Batres, Directora General de Cultura de la Comunidad Autónoma de la Región de Murcia; D. Rafael Gómez, Concejal de Cultura del Ayuntamiento de Murcia; D. José Antonio Melgares, Cronista Oficial de la Región de Murcia y por el poeta Soren Peñalver.
Fue un acto cálido y entrañable
Cercano y emotivo
Superó todas las expectativas de asistencia
Muchas gracias a todos vosotros por vuestro apoyo. Sois GRANDES
Os participo de que mi novela, El murmullo del tiempo, salió ayer, el Día Internacional del Libro, a la luz.
Este ha sido el fruto de casi cinco años de trabajo condensados en 450 páginas
El murmullo del tiempoes una emocionante novela que transcurre en Murcia, en España, en Cuba y en Filipinas, a mediados del siglo XIX (1855-1901)
Por medio de los objetos que durante quince noches son sacados de un viejo baúl, la novela va contando la historia de unos protagonistas que vivieron en Murcia, en la huerta (Rincón de Seca) y en la capital (plaza de Santa Catalina) Con ellos irás redescubriendo nuestra propia historia y la vida de muchas personas -algunas vagamente conocidas y otras injustamente olvidadas- cuyos nombres rotulan nuestras calles, sus sombras se solapan con las nuestras cuando paseamos por la ciudad, y sus voces aún resuenan en nuestros muros.
En definitiva, El murmullo del tiempo es una enriquecedora novela que, con su trasfondo, nos va dejando un murmullo de historia contada con total fidelidad y gran cantidad de hechos nuestros que no debemos olvidar y que queremos rescatar, por eso: porque son nuestros.
La novela será oficialmente presentada el próximo día 5 de mayo a las 20 horas en el edificio Moneo (plaza Cardenal Belluga) de Murcia.
Siempre recordaré esta fecha: fue un día entrañable para mi. Salió a la luz mi novela El murmullo del tiempo y a las pocas horas recibí la llamada del Consejero de Educación, Cultura y Universidades, Pedro Antonio Sánchez López, felicitándome por el libro y anunciándome que lo había elegido para regalar a nuestro Presidente, a los Consejeros, y a los periodistas que asistieron al acto del Día Internacional del Libro.
El Director General de Bienes Culturales, en funciones, Francisco Gimenez Gracia, tuvo la gentileza de enviarme esta fotografía en la que se ve al Consejero y al Director General con mi libro en sus manos.
El consejero de Educación, Cultura y Universidades, Pedro Antonio Sánchez, regaló a los periodistas que acudieron a cubrir el acto público que tenía ayer dos libros para celebrar la fiesta de San Jorge. En concreto, Sánchez regaló un ejemplar de la novela El murmullo del tiempo que precisamente publicó ayer el escritor murciano Manuel E. Mira. El otro libro de regalo variaba entre varios títulos del novelista recientemente fallecido Gabriel García Márquez como El patriarca, El general en su laberinto yCrónica de una muerte anunciada, entre otros. Además, el consejero de Educación, Cultura y Universidades regaló dos libros a sus compañeros del Consejo de Gobierno y al presidente de la Comunidad, Alberto Garre. Por otro lado, parte de la recaudación de la novela de Manuel E. Mira se destinará a la asociación Astrade. d. g. c.
el conmovedor anuncio que ha conseguido 5 millones de visitas en una semana.
"No obtiene nada; no se hará más rico; no saldrá en televisión, Lo que recibe son emociones. Experimenta la felicidad. Consigue un entendimiento más profundo. Siente el amor. Recibe lo que no se puede comprar con dinero. Hace que el mundo sea más bello. ¿Y en tu vida? ¿Qué es lo que más deseas?"
Día Mundial de Concienciación sobre el Autismo 2 de abril Me asomé a tus ojos; tú escudriñaste los míos.Me perdí en tu laberinto; tú te extraviaste por mis recovecos. No nos encontramos. Pero yo sé que tú estás ahí; que te busco.Y pienso que sabes que yo estoy aquí; que te quiero. No temas; tómate tu tiempo. Cuando despiertes, te estaré esperando. Man
Hoy me he sentado a leer en el parque que hay junto a la
casa.
Un ingrávido cisne ha surcado el estanque dibujando en el
agua trémulas flechas que evocaban recuerdos
de otros momentos vividos; quizá felices: He pensado en ti.
Una hoja ha exhalado su último suspiro cayendo
sobre las páginas del libro. Apenas tenía brillo; y de aquél arrogante y lozano verde de juventud tan sólo quedaba un rendido color ocre
con ribetes de sangre: He pensado en mí.
Para un niño de cinco
años, al que el súmmum de la capacidad de agua era la que cabía en el barreño
en el que su madre lo bañaba todos los domingos, aquella inmensidad era un problema de cálculo indescifrable: «¿Cuánta agua cabría en aquél enorme recipiente?»
El mar me acogió en su seno y abrazó mi cuerpo con anillos de cálida ternura. Jugué con sus olas navegando en bajeles piratas de blancas velas. Construí en su orilla castillos ─más
de aire que de arena─. Me descubrió sus entrañas y sus tesoros. Nos hicimos
amigos. Nos unimos para siempre.
Mi padre mandó construir la
casa.
Verano tras verano fui conquistando
un reino, y ensanché sus fronteras, a golpe de mandoble, con los pedales de mi
bicicleta. Pedalada a pedalada me alcanzó el verano del 59, y yo reiné
en mi playa al mismo tiempo que Bahamontes reinaba en París.
La máquina de discos del
Miramar vaciaba de monedas mis flacos bolsillos a la misma velocidad que las 45
r.p.m. de «Guarda che luna/ Guarda che mare.../» mientras que, mirando aquellas olas, deshojaba margaritas de
trenzas doradas y lazos azules que fueron tejiendo en mí, amores que nunca se
harán olvido.
Llegó el verano de la
pandilla: Chico y Chica. «Esta tarde toca guateque, y mañana cine».
Busqué y encontré la
belleza que había en las chicas que mis compañeros descartaban. Con Sofía
descubrí que, más allá de sus mil pecas, y una vez derribado el rictus de sus defensas,
se dibujaba en su rostro un alma hermosa y sensible. Que bajo su cabellera
pelirroja se dejaba entrever un prodigioso cerebro que la llevaría tan lejos
como ella quisiera ir.
Con Loli nunca pude
bailar un rocanrol ─los hierros de
sus piernas a duras penas le permitían bailar desacompasados boleros─, pero hallé
en ella la ternura de una niña mujer y aquella brillante lágrima, siempre dispuesta
en sus grandes ojos, que yo podía retener con tan sólo una sonrisa o
una palabra amable y cariñosa.
El tiempo me siguió ganando
y llegaron los 60. Con ellos, me otorgué una falsa patente para fumar, y que Mariano, el viejo camarero del Miramar, me sirviera un Cubalibre ─aunque me escatimaba la ginebra─, mientras que la psicodélica
máquina de discos hacía mi cuerpo vibrar con: «Cuando calienta el sol/ aquí en la playa...»,
El verano siguiente fue
el de las llaves de casa en el bolsillo y las noches en blanco y negro, en las
que, mirando al mar, filosofaba sobre lo divino y sobre lo humano, hasta que una
cortina de cien tonos azules se iba descorriendo y me insinuaba un nuevo
amanecer. Apuraba la vida con avaricia, consciente de que a partir de aquél
año, mis veranos ya no serían los mismos: dos meses y medio de vacaciones, mientras duró el
bachiller... ¡bien estuvo!; pero una carrera de ingeniería no me daría tanta tregua.
Me llegó el tiempo de
las Milicias Universitarias. Dos veranos en los que atesoré compañeros y acuñé experiencias;
pero me derrotó la ausencia de mi playa mientras, por la radio, suspiraba con: sapore di sale, sapore di mare...
Fue una noche
de aquél verano del 65. Las olas, con lenta pesadumbre, mesaban la playa deshilachando sobre ella sus finos encajes blancos. La luna, ingrávida, se
elevó sobre el horizonte mostrando su desnuda redondez y tiñendo de plata a las
misteriosas islas. A lo lejos, la vieja máquina de discos me recordaba que: il mondo gira, nello spazio senza fine...
Nos miramos
fijamente... Ya no anhelé más horizontes que la línea de sus párpados. Ni quise
contemplar otras lunas que no fuesen sus pupilas. Ni navegar por otro mar que
en el de sus ojos verdes. Ni ahogarme en otras aguas que no fuese la que
había entre su boca y la mía. Ni descubrir más islas que las de sus pechos. Ni
tenderme en otra playa que no fuese en la arena de su piel...
Sí, hoy recuerdo
a aquél niño de cinco años que no supo calcular cuánta agua cabía en aquél
enorme barreño.
Ahora, que ya soy mayor,
lo contemplo con cariño y aún ando con aquellos cálculos sin mayores progresos.
Pero aquél
día, aquella primera vez ─porque siempre hay una primera vez─, fue mi padre
quien me trajo y me mostró… el Mar Menor.
Pasé la noche esperando a que
amaneciera el nuevo día. No me dormí hasta que el alba derramó sobre mi
ventana, cien tonos de gris. Rompió la tregua un oblicuo rayo sol y la voz de
mi madre que, con un beso, me despertaba.
─Despierta Manuel. Es la hora.
Con el cuerpo bien lavado y
duchado desde la noche anterior, mi madre procedió al ceremonial de revestirme con
aquél traje blanco. Recuerdo que todo era nuevo para mi: la ropa interior; los
pantalones; los tirantes; la camisa; los gemelos; los calcetines y zapatos... y
hasta unos guantes de piel de cabritillo. Todo de blanco, inmaculado, como la
Sagrada Forma que iba a recibir aquella misma mañana en mi colegio de los HH.
Maristas.
Pasé por el comedor de mi casa y allí
me esperaba la visión del árbol del paraíso: el ágape (bollos; dulces; tartas; chocolate...) Suculentamente preparado para celebrar el desayuno a nuestro regreso.
Mi hermana, tres años mayor, vigilaba
mis movimientos; más por ver si caía en la tentación de romper el obligado ayuno ─aunque solo fuera con un grano de azúcar─, que por impedir que lo
hiciera. Si rompía el ayuno, no podría comulgar y ya no sería el
"buen" protagonista del día. "Eva" lo intentó con toda clase de insinuaciones.
Hoy me he encontrado con esta fotografía,
sobre la que el tiempo se ha puesto amarillo, y en ella me veo: serio; solemne;
en el momento de renunciar a Satanás, a sus pompas y a sus obras...
Lejos estaba yo entonces de
sospechar que esa renuncia solo era el comienzo de muchas otras que vinieron
después.
Pero, ciertamente, aquella fue un hermosa mañana.osa mañana.