Se llamaba Antonio pero bien podía haber sido Sansón, o Simón “el Cirineo”, y, hasta alguna vez, Lucifer.
Mis recuerdos de él se funden con los de mi infancia viéndole empujar un gran carromato, con una enoooorme plataforma, cabalgando sobre un inmenso ruido del trepidar de sus dos ruedas sobre los adoquines. El mulo de carga era él que tiraba con la fuerza de un búfalo.
Después tornó en un triciclo.
No podía ver a un niño llorar, aunque gustaba de asustarlos, un poquico solo, alguna vez, en algún Domingo de Resurrección. No permitía que abusaran de un menor. Lo he visto defender a un débil del abuso de un fuerte. Fue una vez en el Golgo. Su inmensa fuerza concentrada en su pequeña anatomía de no más de 1,60, estaba siempre tensa y al servicio del más débil.
Cargó con la Cruz, no solo ya con la de madera sino con la del Ser.
Quien no le conocía decía que estaba loco, pero había que mirarle a los ojos y ver que detrás de esa cara y llegando a los entresijos del alma, donde las neuronas no tienen cabida, allí, encontrabas a un hombre bueno y a un hombre tierno.
Hará unos 6 o 7 años que el Señor lo llamó. Seguro que ahora está por allí, empujando un carro de nubes y paseando a los niños. Seguro que le habrá devuelto el ciento por uno por las Cruces conque cargó, las suyas y las que le cargaron.
No sé porqué, pero, hoy me acuerdo de él.







